Hola a todos.
Desde marivilastra.com vamos a hacer algunas reflexiones sobre la educación. Enséñame algo que no esté en Google.
Hoy quiero compartir con vosotros este texto de Albert Einstein, que me parece magistral. Espero que os encante, pero sobre todo, que os invite a la reflexión sobre lo que nos acerca realmente a la verdadera cultura y lo que no. Y sobre la importancia de desarrollar en nuestra vida un pensamiento crítico, que tanto adolece nuestro mundo actual.
«No es suficiente enseñar a los hombres una especialidad. Con ello se convierten en algo así como máquinas utilizables, pero no en individuos válidos. Para ser individuo válido el hombre debe sentir intensamente aquello a lo que puede aspirar. Tiene que recibir un sentimiento vivo de lo bello y de lo moralmente bueno. En caso contrario se parece más a un perro bien amaestrado que a un ente armónicamente desarrollado. Debe aprender a comprender las motivaciones, ilusiones y penas de las gentes para adquirir una actitud recta respecto a los individuos y a la sociedad.
Estas cosas tan preciosas las logra el contacto personal entre la generación joven y los que enseñan, y no —al menos en lo fundamental— los libros de texto. Esto es lo que representa la cultura ante todo. Esto es lo que tengo presente cuando recomiendo humanidades y no un conocimiento árido de la historia y de la filosofía. Dar importancia excesiva y prematura al sistema competitivo y a la especialización en beneficio de la utilidad, segrega al espíritu de la vida cultural, y mata el germen del que depende la ciencia especializada.
Para que exista una educación válida es necesario que se desarrolle el pensamiento crítico e independiente de los jóvenes, un desarrollo puesto en peligro continuo por el exceso de materias (sistema puntual). Este exceso conduce necesariamente a la superficialidad y a la falta de cultura verdadera. La enseñanza debe ser tal que pueda recibirse como el mejor regalo y no como una amarga obligación.»
Albert Einstein. Mi visión del mundo. Barcelona, Tusquets, 1995, p. 29.
Los que tenemos la suerte de estar a diario en las clases, en contacto continuo con jóvenes y adolescentes, también tenemos una gran responsabilidad. Tenemos chicas y chicos de plastilina, a los que nuestra impronta va a marcar, a veces, para siempre. Y esto será para bien, para mal, o para nada. Depende de nosotros.
Tengo muy claro que no podemos limitarnos a «repetir» aquello que viene en los libros, sino a generar espacios y tiempos, y proporcionar herramientas para que ellos mismos sean capaces de descubrirlo, asimilarlo, metabolizarlo… para después volcarlo en sus vidas, como si de una coctelera se tratara. Y sobre todo, que no quede ahí, sin más… sino que esa maceración sea inspiradora, les lleve a la reflexión y a la crítica, y sobre todo, que les sirva para sus vidas.
Los que me conocen saben que me gusta preguntar «qué te llevas en la mochila». Porque en la mochila siempre nos llevamos algo, aunque sea la nada.
Todo lo demás, desaparecerá días después de cada examen, al ir al baño y tirar de la cadena. Y no quedará nada. Nada.
Y sin embargo nos empeñamos en seguir añadiendo temas y temas a los largos y eternos exámenes, sin mediar comentario ni reflexión alguna con nuestros alumnos. Y cuanta más tralla damos, mejores docentes nos creemos. Qué equivocación!!
Por mi vida han pasado grandes profesionales, también mediocres y poco buenos (vamos a decirlo así), igual que estaréis pensando vosotros. Pero ha habido grandes maestros, y no tanto profesores, que me han ayudado a crecer y a ser mejor persona cada día, desde la Lengua, desde la Literatura, desde la Filosofía, o desde la Lógica. Son los que marcaron sobre mí la impronta del pensamiento crítico, el valor de la palabra escrita, hablada y también de la que se queda por decir, en el tintero.
Aquellos que me enseñaron a pensar, a escribir poesía, a escuchar, a ser crítica e inconformista, a pelear por mis valores, a disfrutar de un trago fresco de agua imaginario, a pedir perdón y perdonar, a quererme y a querer… los llevo aún en mi mochila. Eternamente. Porque supieron hacerlo desde las lenguas y el arte, desde las ciencias y desde el amor, sobre todo desde el amor. Lo demás, os aseguro que no es tan importante como a veces nos creemos. No es nuestra asignatura el ombligo del mundo.
Y además, en el mundo en el que vivimos, no es necesario mucho más, porque todo está en Google.
Hace ya tiempo que incorporé un lema a mi vida de docente moldeadora de plastilina: Enséñame algo que no esté en Google.
Y cada día lo tengo más claro. A pesar de tener que enfrentarme y enfrentar a mis chicas y chicos a los temas impuestos en la EBAU, algunos días hablamos de lo que de verdad importa. Lo que subyace por debajo y por dentro.
Y es curioso, pero cuando suena el timbre, no se levantan.
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