Acompasamos el aire,
la vida,
el espacio,
la risa.
También el llanto.
La carcajada fuerte
y el desconsuelo,
que a veces nos parte en dos.
Aprendimos a respirar juntas.
A coger aire.
A guardarlo.
A soltarlo despacio.
A contar segundos,
cuando en un segundo
empezaba la vida.
Hubo días de ventanas abiertas,
de carcajadas locas,
de pulmones llenos,
de mesas largas,
de historias repetidas
que siempre volvían a hacernos gracia.
Hubo días de respirar por turnos.
Días de pecho pequeño
y de miedo grande.
Días en los que una llamada,
una noticia
podían dejarnos
sin una sola bocanada.
Cuando tú no respiras,
te abro mi ventana.
Y si me falta el aire,
me sostiene el tuyo.
Porque respiramos
el mismo idioma del aliento.
Y conocemos
el suspiro de mirar atrás.
Quiero seguir respirando contigo, Marta.
Con más años,
más historias,
cicatrices,
y mucho más pulso compartido.
Quiero contigo
coger aire,
aguantar,
soltar.
Que los años hagan ruido.
Que nos descoloquen,
que nos despeinen,
que nos cambien de sitio,
que nos dejen cicatrices.
Da igual.
Hay personas
que siguen sabiendo
cómo mirarte
para devolverte a ti.
Deja una respuesta