En El Encanto de la Habana siempre pasan cosas. Hay quien me dice que el espacio tiene una magia especial. Hay quien dice que se respira un halo invisible de paz y bienestar. Pero lo cierto es que tenemos visitas muy muy especiales. Es el caso de Julia y que vinieron desde Vitoria y compartieron conmigo varias historias, unas más personales, y otras como la que nos ocupa en este post. No quiero dejar de compartirla con vosotros.
En la primavera de 1926, dos mujeres norteamericanas alzan el obturador de sus cámaras, arrancan la mirada del tiempo y la colocan sobre una España que apenas imaginaba que alguien fuera a detenerse para registrarla. Esa España es la provincia de Zamora; esas mujeres, Ruth Matilda Anderson y Frances Spalding; y el encargo, documental y visceral, procede de la Hispanic Society of America de Nueva York. Esta historia no es solo de imágenes apagadas por el paso de las décadas: es un canto a lo que persiste, a lo que cambió, y a la urgencia de mirar cuando todavía se podía hacer sin filtros. Una forma de contar historias con el verdadero pulso de lo vivido y el sonido leve de los clics que ya no escuchamos.
Las protagonistas: Ruth Matilda Anderson y Frances Spalding
Ruth Matilda Anderson
Nacida en Nebraska en 1893, Ruth había aprendido a trabajar la luz entre llanuras y retratos en el estudio de su padre, dedicándose posteriormente a la fotografía documental. En 1919 se gradúa en la escuela de Clarence H. White School of Photography en Nueva York.
En 1921 entra en la Hispanic Society of America y en 1922 ya es conservadora de fotografía.
Su mirada: etnográfica, paciente, rigurosa. Se interesa por la indumentaria, los oficios, la vida rural… La cámara se convierte en su cuaderno de campo visual.

Frances Spalding
Menos conocida, sí más imprescindible. Frances era la colaboradora de Ruth, la mano firme en la logística, en la cámara auxiliar, en el cuaderno que registra lo que la foto no capta por sí sola. Cuando Ruth levantaba la cámara, Frances resolvía la cadena de problemas que en cada viaje se volvían imprevistos.
Y sobre todo: fueron juntas al campo, viajaron, exploraron, se adentraron en una España que estaba dejando de ser la del siglo XIX y no había llegado aún al XX que conocemos.

El encargo que cambia miradas
Desde la Hispanic Society se gestó un programa: “estudiar y fotografiar antiguas industrias, la indumentaria y las costumbres” de la España rural.
Ruth aceptó ese reto con cuaderno y cámara al hombro. Sus viajes por Galicia, Asturias, León, Zamora, Extremadura se convirtieron en cartografías del tiempo que se resiste a desaparecer.
La provincia de Zamora, en esa primavera de 1926, fue uno de esos escenarios donde la máquina del tiempo fotográfica se detuvo para recoger lo que muchos daban por perdido o por trivial.
La travesía por Zamora
En abril de 1926 ambas mujeres cruzan la provincia de Zamora. Lo hacen en un coche apodado Nuestra Señora, partes de Fiat, Ford y Chevrolet. Decían las crónicas que parecía una aventura en sí.
Durante aproximadamente cuatro semanas, recorrieron valles, pueblos, caminos de tierra. Todas las fuentes coinciden: se tomaron entre 650 y 700 fotografías de la zona.
La escena es de película: mujeres en mantilla, niños con mirada al objetivo, carros, molinos, la luz temprana que gira en torno al Duero, oficios a la intemperie, indumentaria que ya el tiempo comenzaba a considerar “tradición”. Ruth levantaba la cámara, Frances esperaba el revelado, anotaba y registraba los datos de cada imagen.
Uno de los momentos más evocadores fue en Villalcampo, durante el almuerzo, cuando una mujer local preguntó: “¿Es usted hombre o mujer?” al ver a Ruth que, impecable, trabajaba con falda. La pregunta representa la diferencia de dos mundos que se cruzaban.

Los frutos de la mirada
Lo que Ruth y Frances dejaron, fue un archivo gráfico que ahora encontramos en la Hispanic Society de Nueva York y que se muestra en exposiciones como “En el Viejo Mundo. La expedición fotográfica de Ruth M. Anderson a Zamora (1926)”.
Las fotos no son solo simples imágenes preciosas, sino que son documentos —verdaderos— de cómo vivía la gente de Zamora hace un siglo, cómo trabajaban, cómo se vestían, cómo celebraban, cómo esperaban. La vida rural captada sin pose, sin escenario artificial, con dignidad y naturalidad.
Esta labor no solo acumula un gran valor histórico, sino que sirve como espejo para nosotros. Ver esas imágenes es ver lo que era normal y ya no lo es; lo que cambió y lo que supo mantenerse.


La emoción que se desprende
Y ahora, imagina el sonido del obturador, el viento que levanta la falda de una mujer campesina, la luz que entra por una calle estrecha de Zamora, el sonido de las patas de un burro contra el empedrado.
Imagina a Ruth, cámara en mano, y a Frances al lado, cuaderno y químico de revelado improvisado en una fonda. Dos mujeres que fueron forasteras con respeto, que no vinieron a “turistear”, sino a observar, a documentar, a escuchar, a registrar…
Imagina la dignidad frente a la lente: no hay exotismo, no hay caricatura; hay presencia, hay “ahí estamos”. Y esa sensación se transmite: cada foto se hace la pregunta de quiénes somos y de dónde venimos.
Las imágenes son potentes, pero la emoción, la curiosidad, el registro humano es lo que construye conexión. Ruth modela el “ver para creer” — para luego comunicar.
Porque al fin y al cabo, las fotos no solo muestran, cuentan historias. Y yo hoy también he decidido contar. Casi como Ruth lo hizo en Zamora.





Cierre e invitación al lector
Te invito a cerrar los ojos un momento y ver esa carretera de tierra, ver a esas dos mujeres con su valentía discreta, ver el flash, o mejor: ver el instante antes del flash —cuando todo está quieto, después del silencio y antes del clic. ¿Qué estaban pensando? ¿Qué veían ellas que quizá nosotros hemos dejado de ver?
Y te lanzo una pregunta para los que lean este artículo: ¿Tienes alguna fotografía antigua de tu entorno, de tu familia, de tu trabajo, que merezca rescatarse? Una imagen que conecte pasado y presente. ¿Por qué no levantar la cámara, o el móvil, y documentarlo ahora? Porque cada momento humano merece ser capturado. Como Ruth y Frances apostaron por Zamora.
Porque la imagen es mucho más que imagen: es historia, emoción, identidad. Y tú, que estás al otro lado, puedes ser el puente entre lo que fue y lo que será.
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