Este poema nace en casa.
Nace debajo de un olivo, en ese rincón del patio donde a veces me tumbo a dormir la siesta.
Esto no tiene mucho misterio.
O quizá lo tiene todo.
Cuando estás tumbada debajo de un árbol, el mundo cambia de perspectiva.
No ves el paisaje.
Ves un trozo.
Entre las ramas se cuela un pedazo de cielo azul, pasan nubes despacio, algún pájaro, a veces un avión que deja su rastro y desaparece. Se mueve el aire. Tiembla una hoja. Brilla una aceituna. Y durante un rato no hace falta nada más.
Hay lugares pequeños que contienen una vida entera.
Para mí, ese trozo de cielo entre los olivos es uno de ellos.
Y quizá por eso, mientras lo escribía, apareció Lorca. Sus olivares, su verde, su manera de mirar la tierra y convertirla en algo más.
De ahí nace este pequeño poema.
De una siesta.
De un olivo.
De mirar hacia arriba.
Y de sentir, por un momento, que el mundo cabe justo ahí.
Lo curioso es que uno puede llevar años mirando el mismo lugar y de repente, un día verlo.
Verlo.
Supongo que eso fue lo que me pasó.
No ocurrió nada extraordinario. Y quizá precisamente por eso quise escribirlo. Porque hay momentos que no hacen ruido, no parecen importantes y sin embargo, se quedan para siempre.
Ese día pensé también en el avión.
En esa línea blanca que atraviesa durante unos segundos mi pequeño trozo de cielo y después desaparece.
No sé dónde irá.
Yo sí sé dónde estoy.
Aunque, como casi todos, no siempre sepa hacia dónde voy.
Supongo que eso también es vivir.
El mundo puede ser muy pequeño
Hay lugares que no necesitan ser espectaculares para convertirse en maravillosos.
No hace falta una playa desierta, una montaña enorme ni uno de esos atardeceres que parecen fabricados expresamente para Instagram.
A veces basta un trozo de cielo.
Un olivo.
Una sombra.
El aire.
La sensación de estar exactamente donde quieres estar.
Desde allí, durante unos minutos, mi mundo se vuelve diminuto e infinito a la vez.
Y me gusta.
Me gusta pensar que puede caber entre dos olivos.
Quizá por eso empecé a apuntar palabras, sin intención de escribir nada especialmente importante.
Cielo.
Ramas.
Aceitunas.
Viento.
Nubes.
Un avión.
Su rastro huidizo.
Verde.
Y entonces apareció Lorca. Porque cuando pienso en «verde» siempre aparece mi Lorca. Si, «mi Lorca». Porque ya es un poco mío, o mío entero, porque cuando me acerqué a él, hace ya muchos años, se quedó conmigo para siempre. No logro quitármelo de encima. Tampoco quiero.
Y Lorca que te quiero, Lorca
Era casi inevitable.
Siempre que escribo “verde”, Federico García Lorca se cuela por alguna rendija. Y esto tiene sus riesgos.
Pero no fue solamente aquel: Verde que te quiero verde.
Mientras escribía sobre mi olivo empecé a acordarme también de los olivares de Lorca.
Y llegué a uno de sus poemas que me gusta especialmente: “Paisaje”, incluido en Poema de la siguiriya gitana, una de las secciones de Poema del cante jondo.
Lorca comenzó a escribir los poemas de este libro en 1921, en los años en que, junto a Manuel de Falla y otros intelectuales, se estaba gestando el Concurso de Cante Jondo de Granada de 1922. Sin embargo, el libro no se publicó hasta el 23 de mayo de 1931, casi diez años después.
Y su poema Paisaje dice así:
PAISAJE (Federico García Lorca)
El campo
de olivos
se abre y se cierra
como un abanico.
Sobre el olivar
hay un cielo hundido
y una lluvia oscura
de luceros fríos.
Tiembla junco y penumbra
a la orilla del río.
Se riza el aire gris.
Los olivos
están cargados
de gritos.
Una bandada
de pájaros cautivos,
que mueven sus larguísimas
colas en lo sombrío.
Me gusta porque «el olivar» de Lorca y el mío tienen algunas cosas en común y al mismo tiempo, no se parecen en nada.
En los dos están el cielo, el aire, las ramas, los pájaros, el movimiento.
Pero el suyo es oscuro.
Hay penumbra.
Hay frío.
Hay gritos.
Hay pájaros cautivos.
Mi olivo, sin embargo, es refugio.
Es luz.
Es una siesta.
Es casa.
Es ese lugar al que no necesito llegar porque ya estoy dentro.
Y quizá por eso me apetecía que mi poema tuviera una pequeña conversación con el suyo.
No copiar a Lorca. Eso sería una estupidez.
Simplemente hacerle un gesto desde debajo de mi árbol.
Él escribió:
“Se riza el aire gris.”
Yo veo cómo el aire se riza entre las ramas.
Él levantó la vista hacia un cielo hundido sobre el olivar.
Yo estoy debajo del olivo y miro hacia arriba.
Él abrió el campo de olivos “como un abanico”.
Yo he terminado haciendo justo lo contrario: encoger mi mundo hasta conseguir que quepa entre dos olivos.
¿Quién era Carlos Morla Vicuña?
Hay además una historia detrás de la dedicatoria, que me ha gustado descubrir.
Conviene precisar una cosa: “Paisaje” no está dedicado él solo a Carlos Morla Vicuña. Es toda la sección Poema de la siguiriya gitana la que aparece encabezada con estas palabras: A Carlos Morla Vicuña.
Carlos Morla Vicuña nació en Santiago de Chile en 1913. Era hijo del diplomático y escritor chileno Carlos Morla Lynch y de María Manuela Vicuña, Bebé Vicuña. Con los años sería médico y diplomático.
Su padre, Carlos Morla Lynch, llegó destinado a Madrid en 1928 y mantuvo una amistad muy estrecha con Lorca. La casa de los Morla se convirtió en lugar de reunión de escritores, músicos y artistas y Federico fue uno de sus visitantes habituales.
El propio Morla Lynch dejó escrito, al hablar de la publicación de Poema del cante jondo, que Federico había dedicado afectuosamente las siguiriyas a “nuestro hijo, Carlos Morla Vicuña”.
Y hay algo de esta historia que me gusta especialmente.
Poema del cante jondo había nacido muchos años antes de aquella dedicatoria.
El paisaje estaba primero. Después llegaron las personas.
Después los afectos. Después Lorca decidió poner el nombre de alguien querido al frente de aquellos versos.
No sé.
Quizá los poemas funcionan muchas veces así.
Nacen de una cosa y terminan encontrándose con otra.
El mío nació debajo de un olivo.
Y terminó encontrándose con Federico.
Entre dos olivos
Y este es el resultado.
No pretende ser un poema sobre Lorca.
Ni una imitación.
Ni mucho menos una explicación de nada.
Es solamente el intento de guardar uno de esos momentos que parecen insignificantes hasta que un día comprendes que no lo son.
Una siesta.
Un árbol.
Un avión atravesando el cielo.
La certeza de saber dónde estás.
La incertidumbre de no saber muy bien dónde vas.
Y esa sensación maravillosa de que, durante unos minutos, no necesitas absolutamente nada más…
ENTRE DOS OLIVOS
Entre dos olivos,
la siesta, lenta, dorada.
Un pedazo de cielo
entreverado de ramas,
nubes que pasan despacio,
algún pájaro,
el viento,
las aceitunas.
Y, de repente, un avión.
Su rastro huidizo.
No sé dónde irá.
Sé dónde estoy
pero tampoco dónde voy.
Aquí.
Tierra, viento,
sombra, aire,
el aire se riza entre las ramas,
una rama dorada por el sol
y mi mundo, por un momento,
tan pequeño
que cabe entre dos olivos.
Verde aceituna.
Verde viento.
Verde vida.
Sobre mí, el olivar.
Más arriba, el cielo.
Y verde que te quiero verde.
Y Lorca,
que te quiero, Lorca.
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