A veces sangro y me voy, y me destilo… Y en ese velo de cansancio, me rindo a un sueño que no busco. No peleo, solo sangro a borbotones, hasta que ese hilo teje su propia ausencia, cada vez más tenue, cada vez más claro y transparente, cada vez más nada.
A veces me bebo la sangre que derramo, y me voy muriendo más y más, y otras me deleito en la tristeza y angustia y me devano una y mil veces sobre mis propios nudos.
No importa mucho si encuentro en ese fondo un asidero que me sujete aunque me impida respirar, o si encuentro un cimiento movedizo (qué contradicción) para impulsarme y subir a trompicones a esa superficie que me oxigena y me reaviva. Y ni siquiera sé lo que quiero.
A veces sangro… sin herida, ni causa, ni nombre que la contenga. Solo un desangrarse lento, callado, huidizo para que nadie sospeche que mi alma destila cansancio y nostalgia a través de mi piel.
Y entonces comprendo que la vida también se fuga así: en lo invisible, en lo que no decimos, en los pensamientos que dejamos marchar sin entenderlos, o en los abrazos y besos deseados que nunca dimos.
Sangro cuando pienso demasiado. Cuando me doy cuenta de que las certezas pesan más que las dudas.
Cuando miro el mundo y no sé si aplaudirlo o romperlo en mil pedazos que nadie encuentre. Ni yo misma siquiera.
Y sangro también por la belleza; esa forma cruel que tiene la luz crepuscular y vespertina de doler cuando toca lo que amamos.
A veces la herida se cierra sola, sin gloria ni aplauso. Y otras, la dejo abierta, porque en ella siento el fuerte latido de mi corazón. En ella se respira mejor que en cualquier consuelo.
Y cuando ya no queda sangre, ni palabra, ni pensamiento, sino una calma blanca como de rendición… entonces lo entiendo: no sangro porque me muero. Sangro porque vivo y existo y peleo. Y aún en el suelo, desfallezco por elevar aunque solo sea la mirada, y aferrarme a la luz azul y fría, eterna caída y precipicio.
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